11.12.14

SOBRE EL PASADO DEL FUTURO (I)

“Es porque no conocemos bien el presente ni sabemos estudiarlo, que nos esforzamos en estudiar el porvenir.” [1] (Pascal, 1656, p.20)

 A pesar de no ser ésta una investigación puramente histórica, por las razones citadas anteriormente, veo necesario hacer una pequeña introducción sobre la producción histórica de visiones de futuro con el objetivo de proveer un contexto histórico mínimo al desarrollo de esta tesis.

“La noticia de una turba de gente sin trabajo se aglomera ante el ministro de Transportes, desaloja el Big Ben con fuego de mortero y se disponía a destruir la BBC, alarmó tanto a algunos radioyentes el 16 de enero de 1926, que acudieron al teléfono a fin de cerciorarse. Unos doce años más tarde, un susto semejante se produjo en los Estados Unidos después de un informe radiofónico acerca del aterrizaje de los marcianos en la Tierra, cundiendo también un gran pánico. El hecho de que la causa de ambos pánicos fuera una fantasía profética, en el primer caso hecha por el padre Ronald Knox, en el segundo por H.G. Wells, fue una indicación de cómo las visiones del futuro reflejan tensiones emocionales colectivas en nuestro propio presente” [2] (Armytage, 1968, prólogo)

 Un futuro generador de mitos

 Desde los primeros hallazgos escritos, aparece un interés primigenio del hombre por intentar planear su futuro como vía de escape a esas tensiones sociales citadas por Armytage, ya sea desde la perspectiva de los profetas judíos que proclamaban la misión del país a través de la futura venida de Yaveh, cresmólogos griegos como Calcas y su predicción sobre cuanto duraría la guerra de Troya, los famosos augures romanos e incluso mediante personajes inventados como el mago Merlín, popularizado a partir del siglo XII por Geoffrey de Monmouth, cuyas profecías, esperanzas y creencias contribuyeron al auge del orgullo nacional sajón. Salvo raras excepciones, entre las que destacaría "La República" de Platón y la construcción de un tipo de comunidad ideal que supuso el monasterio de St.Gallen de los monjes benedictinos[3], esas primeras visiones de futuro iban más encaminadas a la creación de seres extraordinarios, desencadenantes apocalípticos, leyendas fantásticas, mitos, pseudo-paraísos e incluso herramientas de control político, que a la generación de nuevos sistemas sociales, culturales o tecnológicos como alternativas de futuro.

 La redefinición de la Utopía como motor de futuro

 Será Tomás Moro con su famoso libro “Utopía”[4] (1516) quién gestione el inicio del denominado programa utópico a través del personaje de Raphael Hythloday y su estancia durante cinco años en la isla de “Utopía”, término que juega con la ambigüedad entre el no-lugar y el lugar mejor, generando de esta manera un modelo de sociedad más avanzada, cuya característica más destacada y diferenciadora será la abolición del dinero como forma de critica al sistema existente. Esta “Utopía” de Tomás Moro representa según Fredric Jameson una de las mejores definiciones del enclave utópico o programa utópico[5], diferenciado del impulso utópico[6],  al regirse por una ley de cierre, en este caso una isla exótica apartada del mundo conocido y una sistemática que asume la categoría de totalidad, al producirse una secesión radical con el sistema preestablecido. Es a partir de aquí que aparecen nuevas manifestaciones utópicas, generalmente relacionadas con la idea de progreso y materializadas a través de viajes extraordinarios a lugares aún inexistentes[7], para la construcción de nuevas realidades sociales paralelas a la existente. De esta manera aparecen enclaves utópicos como “La città del sole”[8] (1602) de Tommaso Campanella, que plantea una nueva organización basada en la generalización del espacio del monasterio, o la “Bensalem” [9] (1626) de Francis Bacon, bajo la misma formalización de Moro de isla exótica aún por descubrir en la que el hombre busca las causas y efectos de las fuerzas de la naturaleza así como la expansión de su propio poder. Ambos enclaves, representan junto a la “Christianopolis” (1619) de Andreae, una visión más contemporánea de un futuro fundamentado en el progreso científico, como claramente este último solicita para el barrio central de su nueva república:
  
“Todo lo que la Tierra contiene en sus entrañas está sujeto a las leyes e instrumentos de la ciencia… A menos que analices la materia por medio de experimentos, a menos que corrijas las deficiencias del conocimiento por medio de instrumentos más adecuados, no tienes ningún valor.” [10] (Andreae, 1619)





[1] PASCAL. Carta VIII dirigida a Mlle. De Roannez. Diciembre 1656. p.20.

[2] ARMYTAGE, W. H. G. Visión Histórica del Futuro. Edicions 62. Barcelona, 1971. Prólogo. Ed. original: Yesterday's Tomorrows: A Historical Survey of Future Societies. University of Toronto Press. Toronto, 1968. prólogo.

[3] Ambos ampliamente referenciados en:

FEUERSTEIN, Günther. Urban Fiction. Strolling through Ideal Cities from Antiquity to the Present Day. Edition Axel Menges. Sttugart/London, 2008.
[4] MORO, Tomás. Utopía. Akal, Madrid, 1997. Ed. original: Utopia. A Fruitful and Pleasant Work of the Best State of a Public Weal and the New Isle called Utopia. Leyden, 1516.

[5] JAMESON, Fredric. Arqueología del Futuro: El Deseo llamado Utopía  y otras aproximaciones de Ciencia Ficción. Akal. Madrid, 2009. Traducción: Cristina Piña Aldao. Ed. original: Archaeologies of the Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fictions. Verso Books, 2005.

[6] En: BLOCH, Ernst. The Principle of Hope. MIT Press. Cambridge, 1986. Vol.1, vol.2 y vol.3.

El autor postula un impulso utópico que rige todo lo orientado al futuro en la vida y la cultura; y lo abarca todo, desde los juegos a los medicamentos patentados, desde los mitos al entretenimiento de masas, desde la iconografía a la tecnología.

[7] Resulta muy interesante el cambio de viaje en el espacio a viaje en el tiempo característicos en la construcción del enclave utópico.

[8] “La ciudad del sol”, ideada por Tommaso Campanella está situada en la cima de una gran colina, ceñida por siete murallas enormes, dentro de las cuales estaba encerrado todo el conocimiento humano gestionado por una élite de sacerdotes.

[9] BACON, Francis. Nueva Atlántida. Akal. Madrid, 2006. Traducción: Emilio García Estébanez. Ed. original: Nova Atlantis. Londres, 1626.

[10] ANDREAE, J.V. Christianopolis. The Ideal of 17th Century. Cosimo INC. New York, 2007. Traducción: Felix Emil Held. Ed. original: Reipublicae Christianopolitanae descriptio. Argentorati. Strasbourg, 1619.